Dom. Jul 21st, 2024

La competencia era durísima en Galicia, la comunidad de los 1.500 kilómetros de costa y un millar de playas: 28 grados, ni una nube despistada. Además, es domingo de mercadillo. Pero en un bar de Noia (A Coruña, 14.300 habitantes), un pequeño grupo ha decidido posponer los planes de un fin de semana de agosto para ver la final del mundial de fútbol femenino. Primitivo, de 68 años, está solo, concentrado, no levanta la vista de la pantalla. “Les dije a mis amigos si se animaban al ver el partido, pero no quisieron. Para ver el fútbol de hombres se apuntan siempre. Es porque no las han visto porque tienen un nivel impresionante. Yo estoy encantado. ¡Cómo juegan! Mucho mejor que los hombres. Hay técnica, reparten el juego, regatean, se asocian entre ellas…Esto es un fútbol total. Y no hay nada que discutir, es una evidencia”.

El comentario más repetido es: “¡No me imaginaba que jugaban tan bien!”. Da la impresión de que el país entero está descubriéndolo a la vez. Para muchos, es la primera vez que las ven. La selección femenina ha tenido que llegar a la final de un mundial contra el país que inventó el fútbol moderno—y ganarla— para empezar a generar curiosidad. Hay cierta injusticia, cierto menosprecio colectivo detrás, pero la escena en el bar tiene la belleza de los descubrimientos: cabecitas de todas las edades, hombres con sus esposas, grupos de mujeres…mirando en la misma dirección, celebrando un triunfo con el que no contaban, satisfechos de haber cambiado un día de playa por Aitana Bonmatí, Olga Carmona, Salma Paralluelo…

Tania, en primera fila, observa a La Roja con un grupo de amigos. “Son buenísimas. Y la prueba es hasta dónde han llegado. Pero hay quien no lo quiere ver. Tenemos una jugadora que ha ganado dos veces el balón de oro, Alexia Putellas, y muy pocos la conocen. Si fuera un futbolista español todo quisqui se sabría su nombre”. Marcos, único hombre del grupo, asiente: “Si fuera la final masculina no tendríamos ni dónde sentarnos. Estaría todo lleno de banderas, la gente llevaría la camiseta de España por la calle…..”

Pero algo ha empezado a cambiar. “Esto es el futuro”, le dice un hombre de unos 70 años a otro de espaldas a la pantalla, en el mismo bar. Susa, Ana, Noelia, Cristina y Aroa siguen el partido entusiasmadas. ¿Y los hombres? “Nuestros maridos son más de ciclismo, pero a nosotras nos encanta el fútbol y las chicas lo están haciendo de maravilla. ¡Estamos muy orgullosas!”, cuenta Ana. Aroa, de 11 años, juega en un equipo del pueblo. “Hace un año les costó encontrar niñas suficientes. Ahora hay dos equipos”, explica su madre. Unas mesas más allá, Xoel, de 9 años, confiesa: “¡Ya me gustaría a mi jugar como ellas!”.

En la mesa de Javier y de Paz, él admite que está asombrado con el nivel de las jugadoras. “Las he empezado a ver ahora por el Mundial”, dice él. “Tenía la idea del colegio, cuando no queríamos que jugaran las chicas porque se les daba fatal. Pero tienen mucha técnica y es un fúbtol más limpio, con menos faltas, el balón siempre moviéndose. Da gusto verlas”.

Las futbolistas de la selección española ocuparán hoy las portadas de los periódicos, los minutos de televisión que les han racaneado tantos años. No solo han ganado un Mundial. Han vencido contra las expectativas en un país que hace no tanto cantaba aquello de por qué los domingos por el fútbol me abandonas. Ahora ellas son el fútbol. Y van a reinar, al menos durante cuatro años, como las únicas campeonas.

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