Jue. Sep 21st, 2023

Pocas veces el presidente francés, Emmanuel Macron, se ve obligado a escuchar una desautorización tan rotunda, y nada diplomática. Sucedió entre finales de febrero y principios de marzo. “Las relaciones personales son amistosas y seguirán siéndolo”, dijo Macron en una rueda de prensa en referencia al rey de Marruecos, Mohammed VI. La respuesta marroquí fue inmediata. En declaraciones al semanario Jeune Afrique, una fuente oficial marroquí desmintió: “Las relaciones no son ni amistosas ni buenas, lo mismo entre ambos Gobiernos que entre el Palacio Real y el Elíseo”.

Marruecos domina el arte de castigar a quienes, en su opinión, van contra sus intereses. Por eso, cuando hace una semana, rechazó la ayuda francesa tras el terremoto del 8 de septiembre, y aunque decenas de países que ofrecieron asistencia tampoco obtuvieron el permiso para entregarla, la explicación resultó evidente para muchos comentaristas. Se trataba de un castigo a la antigua potencia colonial por las ofensas de las que el país norteafricano se considera víctima en los últimos años. Era una manera de decirle a Francia: “No os necesitamos”. O: “Ya no sois un socio preferente”.

El historiador y especialista en el Magreb Pierre Vermeeren señala: “Yo no sé si era el objetivo de los marroquíes, pero el resultado es que los franceses han tomado consciencia de la pelea que ya existía entre Marruecos y Francia, y que no se quería ver o se mantenía un poco en secreto. Y esto se añade a una serie de rechazos que Francia sufre en su política en África”. La lista de agravios es mutua. Para Marruecos: la reticencia francesa a suscribir plenamente la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental y el acercamiento de Macron a Argelia; para Francia, las sospechas de que Marruecos usó el programa Pegasus para intentar espiar a sus dirigentes, incluido el presidente de la República.

Hay, entre Francia y Marruecos, un vínculo íntimo. No es solo por un pasado colonial menos traumático que el de Argelia y una independencia relativamente plácida en comparación. Ni por los dos millones de franco-marroquíes o marroquíes que viven en Francia: dos sociedades entrelazadas. También hay una hermandad de las élites, que han mantenido “relaciones bien engrasadas… con una gran connivencia con la monarquía, y no solo la derecha [francesa], también la izquierda”, dice el periodista Omar Brouksy, autor de La República de su majestad. Francia-Marruecos, relaciones peligrosas. Están, de un lado, las élites francesas, con segunda, o primera, residencia en Marruecos. Y del otro, Mohamed VI, propietario de residencias en Francia. Allí se encontraba durante el terremoto. Al día siguiente, regresó a su país.

Una mansión de 1.600 metros cuadrados

En la avenida Émile Deschanel, con poco tráfico, hay un edificio señorial de cuatro pisos, 1.600 metros cuadrados, terraza con vistas directas al Campo de Marte y la Torre Eiffel, un portalón azul. Es una de las dos residencias francesas de Mohammed VI. La adquirió en 2020, en pleno covid, por unos 80 millones de euros, a un príncipe saudí, según informó el suplemento inmobiliario de Le Figaro. En el registro figura como propietaria la Sociedad Civil Inmobiliaria Deschanel, cuyo gerente es Mohamed Mounir Majidi, secretario particular del rey de Marruecos. En el registro figura como socio el monarca.

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A 70 kilómetros, dirección nordeste, se llega a Betz, pueblo de 1.100 habitantes que pasaría desapercibido si no fuese por el castillo y porque este castillo pertenece a Mohamed VI. Hassan II, padre del actual rey, lo adquirió en 1972. En 2017, la cadena de televisión regional France 3 mostraba Betz como un pueblo tomado por las fuerzas de seguridad. Explicaba que su padre solía hacer donativos al municipio y que el hijo sortea cada año 15 viajes a Marruecos para los estudiantes de la escuela. Emplea a decenas de personas de la región y se aprovisiona de los comercios locales. La gerente del supermercado decía que sin Mohamed VI habría tenido que cerrar.

El rey Hassan II ofrece una conferencia de prensa cerca del palacio de Versalles, durante una visita oficial a Francia, el 25 de noviembre de 1976. A su derecha, los príncipes Mohamed y Rachid.Keystone (Getty Images)

Cuando a mediados de los años 70, durante una visita de Hassan II, France 3 le preguntó qué le atraía de la lluviosa Picardía, viniendo del soleado Marruecos, respondió: “Le encuentro (…) el encanto de estar en Francia”. El encanto era mutuo entonces; se ha disipado. El terremoto, que ha dejado cerca de 3.000 muertos y más de 5.500 heridos, saca a flote la tensión. Primer contencioso: el Sáhara Occidental. A Marruecos le gustaría que, como España, Francia dijese que la iniciativa de autonomía marroquí es “la base más seria, realista y creíble para resolver este contencioso”. Ahora se limita a decir que es “una base”, pero no la base.

Khadija Mohsen-Finan, docente en la Universidad París 1, cree que, en la negativa de Marruecos a recibir ayuda francesa mientras aceptaba la de países como España, había “una voluntad de enviar un mensaje”. Se remite al discurso de Mohamed VI en 2022, cuando afirmó que el Sáhara sería “el prisma” a través del cual juzgaría sus relaciones internacionales. “Con el seísmo, tiene la oportunidad de aplicarlo”, afirma la experta. “Hay la voluntad de mostrar a Francia que no es un país amigo, no es prioritario: España por delante”. Para el escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun, a Marruecos le habría gustado que Francia, como otros países, “reconociese que el plan de Marruecos para el Sáhara es el más serio, pero Macron no lo hará porque las presiones de Argelia son enormes”.

Segundo contencioso: Macron lleva buena parte de su mandato tratando de “refundar” la relación con Argelia, envenenada todavía por la guerra que llevó a la independencia en 1962. Pero todo acercamiento a Argelia, país que apoya el independentismo saharaui, provoca recelos en su rival, Marruecos: la triangulación Francia-Argelia-Marruecos es un rompecabezas. “Marruecos pide a Francia que elija su campo”, analiza Vermeeren. “Hacen responsable a Macron de haber sido ingenuo o ir demasiado lejos con Argelia. Y ahora que Marruecos se siente apoyado por Israel, por Estados Unidos y por España, ya no necesitan tanto la alianza histórica con Francia”.

Tercer contencioso: las revelaciones sobre el espionaje con Pegasus. Para el periodista Brouksy, que también fue objetivo del espionaje con este método, esta es la cuestión principal: un acto hostil y de difícil digestión viniendo de un supuesto amigo. “Es una ruptura de confianza”, apunta Mohsen-Finan. A esta lista se añade la reducción temporal de los visados a ciudadanos marroquíes para viajar a Francia en 2021 —también se aplicó a Túnez y Argelia— y el escándalo por los supuestos sobornos de Marruecos y Qatar a eurodiputados.

“La crisis entre Francia y Marruecos no es entre dos países, sino entre dos jefes de Estado”, dice Ben Jelloun. Él culpa a Macron: “Ha cometido errores y traspiés”. Ben Jelloun le reprocha a Macron que, en su mensaje esta semana a los marroquíes, se dirigiese directamente al pueblo y no al monarca, pese a que el presidente francés insistiese en que “corresponde evidentemente a Su Majestad el Rey y al Gobierno de Marruecos, de manera soberana, organizar la ayuda internacional”.

La reconciliación no es para hoy. El viernes, la ministra francesa de Exteriores, Catherine Colonna, anunció en una entrevista en la cadena LCI que Mohammed VI había invitado a Macron a visitar Marruecos. Faltaba concretar la fecha, según Colonna. Este fin de semana, una fuente gubernamental marroquí dijo a la agencia oficial MAP que la visita “no está en el orden del día ni programada”.

Circula la idea, en Marruecos y en Francia, de que hasta que Macron se marche al final de su mandato, en 2027, nada regresará al cauce habitual. “Pero si miramos bien”, observa Mohsen-Finan, “Macron está sacando la relación bilateral de una actitud paternalista. ¿Hay que decir que sí siempre que Marruecos se enfada? ¿Los humores de Marruecos dictarán todas las relaciones de vecindad? Creo que Macron no ha querido ceder ante esto”. Y, según esta visión, ahora paga las consecuencias.

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