Sáb. Jun 22nd, 2024
Jim Walmsley, de Estados Unidos.DENIS BALIBOUSE (Reuters)

Son las dos y media de la madrugada en el avituallamiento de Courmayeur, con 80 kilómetros en las piernas, casi la mitad de los 171 del Ultra Trail del Mont Blanc. Es el momento demoledor, corriendo entre el silencio y la niebla, todavía con el amanecer muy lejos. Aquellas mesas son un lugar sagrado, nadie se acerca. Llega Jim Walmsley para que su esposa, Jess Brazeau, la corredora con la que dejó su zona de confort al otro lado del Atlántico para convertirse en el primer corredor estadounidense en ganar el santo grial de la ultradistancia, renueve su mochila, le dé una camiseta limpia y le recuerde qué comer, aunque no tenga hambre. Tarda tres minutos y medio, dos menos que en 2022. Porque la metódica pareja entrena las paradas en boxes. “Ya sabes cómo es”, resume ella. Su vida de monje terminó en gloria este sábado en Chamonix tras 19h37m47s. El Poulidor del trail asumió al fin el papel de Anquetil.

No fue hasta las 16 horas, pasado el kilómetro 140, cuando Walmsley dio el golpe de efecto. Porque su compatriota Zach Miller, un tipo que entrenaba ultras subiendo escaleras en el crucero en el que trabajaba, le salió respondón. Su apuesta la lanzó en Courmayeur, con una parada breve de minuto y medio que le permitió superarle y acelerar hacia el Grand Col Ferret (2.525 metros). Al amanecer, el cuento de hadas era suyo, con ventajas superiores a los diez minutos y un ritmo de metrónomo.

La conversión de Walmsley, forjado en carreras como Western States –menos desnivel, técnica e incertidumbre meteorológica–, ha sido un ejercicio mental. Controlar su agresividad –el año pasado explotó en el tramo final ante Kilian Jornet– con un plan medido. Así superó su momento más aciago cuando Germain Grangier le arrebató el segundo puesto. Entonces se rebeló, adelantó al francés y aceleró en la bajada hacia Trient para arrebatarle el trono a Miller, más destartalado, metiendo la mano en la fuente para refrescarse sin parar de correr. Cuando llegó al avituallamiento, su compatriota ya tenía la nueva mochila puesta. Se recompuso para ser segundo y entrar esprintando en meta para bajar de 20 horas (19h58m58s). Grangier fue tercero.

Así terminó la selección natural que comenzó con la puesta de sol, después del paso por Saint-Gervais, una localidad de 5.000 habitantes que estos días aloja a 25.000 personas. Por eso su director de Turismo sirve el vino en la plaza. Tras un inicio suave, la carrera se desvela en Notre Dame de la Gorge, el inicio de una subida a la que llega desbocado Tom Evans –el soldado británico que fue tercero en 2022– con los dos yankees a rueda, usando los bastones para adentrarse en un mar de aficionados con frontal –algunos llevaban hasta antorchas–, toda una sociedad entregada, desde un bebé acurrucado a veteranos con muletas.

Allí, Pau Capell ya había perdido contacto –décimo a dos minutos–, uno de tantos cadáveres que dejó la noche. Evans desapareció antes de Courmayeur –le preguntaron a Petter Engdahl, su compañero de club, si le había visto porque iba delante de él– y acabó en el hospital. El sueco, ganador de los 100 kilómetros de la CCC el año pasado, se fundió antes de tiempo. Mathieu Blanchard, la sombra de Kilian el año pasado, estuvo siempre en el segundo grupo y fue cuarto. Y Miguel Heras vio truncada una remontada que le llevó al octavo puesto por unas molestias en el talón. Tanto él como Capell –el ganador de 2019 confesó no tener piernas– se bajaron antes del Grand Col Ferret.

Courtney Dauwalter, una de las cinco ganadoras estadounidenses en el UTMB, fue avanzando puestos en la clasificación general, su incentivo tras sentenciar a las chicas en apenas cinco horas rumbo a su tercer título. Su infinita sonrisa –tiene tiempo para cepillarse los dientes en las paradas– eleva esta fondista a la categoría de mito. Nadie recibe más vítores, una devoción que soporta con paciencia. A sus 38 años, ha ganado en apenas dos meses la Western States, la Hardrock 100 y el UTMB, una triple corona inédita. Sirva como ejemplo que Evans ganó la Western States para claudicar en Chamonix. Y que Walmsley, de 33 años, apartó cualquier distracción en pos de su obsesión alpina. La americana pagó el peaje, sufriendo de lo lindo la última hora y media con calambres, andando hasta en algunas bajadas. Pero su ventaja, que superó la hora, no peligró. Cruzó la meta en 23h29m14s con Katharina Harmuth, Fuzhao Xiang, Blandine L’Hirondel y Maite Maoira, que firmó la mejor actuación española, a su estela.

Frente a los sepulcrales avituallamientos de los líderes, Elena Aguilera carga en Les Contamines todo lo imaginable para asistir a su marido Iván Martín: camiseta térmica, unos guantes que no utiliza porque la temperatura es buena, decenas de geles o una bolsa de palmeras. “Él lo prepara todo, yo me lo cargo a las espaldas, que pesa un huevo”. Día y medio llevando el bulto en autobús al siguiente encuentro, esperando que no se retrase demasiado para no preocuparse. Como el asistente de Jadine, que intentaba explicar a la corredora lo que venía en el siguiente segmento cuando ella, agotada, solo quería un beso. Son los mineros del trail, los que pasarán una segunda noche a la intemperie para llegar antes del cierre (46 horas y 30 minutos) a Chamonix, ya teñida de barras y estrellas.

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