Lun. May 27th, 2024

Argentina es, muy a su pesar, el cronista de la reconstrucción de los All Blacks. Incendiaron su casa en agosto del año pasado con su victoria en Christchurch, su primera en suelo neozelandés, un 19-25 con maquillaje que puso fecha de caducidad al seleccionador, Ian Foster –no seguirá tras el Mundial– y obligó al tirano del rugby a alejarse del primer puesto del ránking. El gigante vencido, sin los líderes de antaño, ha crecido desde la vulnerabilidad: polivalencia en ataque y disciplina en defensa. Este viernes, 14 meses después, reestableció el orden con un triunfo categórico en París por 6-44 rumbo a la final del Mundial, en la que se enfrentará al ganador del Inglaterra-Sudáfrica (este sábado, 21:00 horas).

Argentina solo había ganado dos veces a los All Blacks en 36 partidos, pero veía el vaso medio lleno: eso triunfos habían llegado en los últimos tres años. De los 23 semifinalistas, 15 jugaron aquel partido en Christchurch. Esa experiencia como gasolina para un grupo cuestionado en un Mundial por debajo de sus prestaciones, con bajos como la clara derrota ante Inglaterra y altos como su reacción en cuartos para tumbar a Gales. Pero la misión exigía, como reconoció Emiliano Boffelli, el pateador clave aquel día, “el partido perfecto”.

La primera página lo fue. Los suyos se plantaron en campo neozelandés tras el saque inicial y percutieron con la delantera hasta que llegó el golpe de castigo para que el propio Boffelli estrenase el electrónico embocando entre palos una patada sencilla. Con eso los Pumas ya habían mejorado su nefasta puesta en escena en las semifinales de 2015 ante Australia. Tres puntos que no marcaron tendencia porque Argentina allanó la primera posición rival con faltas. Así se plantaron en la frontera del ensayo mientras el colegiado recordaba a los americanos que el maul –la plataforma de empuje formada tras poner el balón en juego desde la banda– no se puede frenar por el lateral. Así que la defensa acumuló efectivos y los All Blacks aprovecharon la desnudez por la derecha para que Will Jordan anotara un ensayo rutinario.

Otras generaciones de los All Blacks se cimentaban en delanteros hercúleos con un físico voluminoso como Richie McCaw o en tres cuartos rompedores como Jonah Lomu. El grupo actual es herencia del rugby total, el de los delanteros que no solo cargan –ahora corren y hasta patean– y los tres cuartos con físico de tren mercancías. Con terceras líneas como Ardie Savea –con un pie digno de un apertura– o Sam Cane, el nexo entre delantera y trasera es fluidez pura. Una armonía que adquiere su máxima expresión en la defensa. Aquellos All Blacks falibles que cayeron ante Argentina conjugaban faltas por doquier; año y medio después, como demostraron en cuartos ante Irlanda, pueden ser dominados sin quebrarse. Su paciencia sin balón desespera a los rivales.

La defensa fue el elemento fundacional de las dos victorias argentinas, duelos en los que los All Blacks no pasaron de 20 puntos. En los otros cinco encuentros que han disputado desde 2020, sumaron al menos cinco ensayos y el parcial de los dos antecedentes inmediatos era sángrate: 94-15. “La forma de placar determina como defiendes”, defendió el seleccionador de Argentina, Michael Cheika, minutos antes del partido. Cuando Boffelli vio llegar a Jordie Barret, uno de los tres hermanos en el XV inicial, después de una de esas secuencias armónicas de todo el escuadrón negro, acertó a derribarle, pero no impidió su ensayo. Otra mácula que costaba puntos.

La esperanza argentina era la posesión y las cargas de Kremer o Isa, los metros que sumaban quebrando defensores. Así se acercaron al ensayo, pero la línea aguantó y se conformaron con tres puntos de Boffelli. Un consuelo que sus rivales neutralizaron enseguida con una patada de Mo’unga. Y aún quedaba una dentellada antes del descanso. Mark Tele’a rompió un par de placajes amistosos de los argentinos para avanzar como un mercancías, provocando una retirada imposible para los Pumas. Ahí estaba Shannon Frizell, otro gordo preparado listo para posar.

Una cosa es ganar a los All Blacks y otra, remontarles. Y si el 20-5 del intermedio exigía un tratamiento agresivo, el diagnóstico empeoró en el primer lance, una melé dominada por los de negro hasta que su director, Aaron Smith, cogió el balón y se escabulló entre camisetas argentinas. Sin pausa, Frizell sumaba otra marca, ahora tirando de fuerza. El final estaba escrito cuando Jordan sumó su séptimo ensayo, el pichichi del torneo. Argentina placaba, pero no era suficiente. Su tercera semifinal mundialista tuvo el mismo desenlace que las otras: una derrota sin réplica. Enfrente estaba un ogro con heridas que cerrar. “Podemos tener dos tipos de lunes y uno de ellos es horrible”, apuntaba Cane, el capitán de negro, uno de los que mordió el polvo ante Inglaterra en Yokohama hace cuatro años. El país que no olvida las derrotas buscará su cuarto Mundial.

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